
Parece mentira, pero finalmente he acabado cogiendo la gripe. Yo que me reía y me decía, si lo peor del invierno ha pasado, porqué voy a caer mala. Pues si señores, tres días intensivos en cama me han devuelto la cordura y he redescubierto que con el cuerpo enfermo uno no es nada. Tan poca credibilidad daba a mi estado, que ayer sin ir más lejos, con mi gripe, decidí ir a clase. Ante mi expresión famélica la profesora evidentemente, me recomendó utilizar mascarilla, pero me dí por ofendida y respondí que en el caso de sentirme mal me iría sin pensarlo. La decisión de ir a clase, debo confirmar que no fue la mejor opción porque me puse bastante peor. Para colmo en cuestión de unas horas ¡bajaron las temperaturas casi diez grados!, si yo tampoco daba crédito. Ahora tras paracetamoles y jarabes para la tos, he de decir que me encuentro mucho mejor. Pero....¿por qué siempre se nos olvidan los malos momentos y hasta que no los revivimos no redescubrimos lo malos que fueron? De momento seguiré durmiendo para poder resucitar como Dios Manda (expresión muy viejil, pero muy sensata incluso para una atea).
